El Haz de Luna

Posted by : Mashey Shumey (Juan Carlos Loaysa) | viernes, 3 de julio de 2009 | Published in

Contemplaba el firmamento cuajado de topacios, unos topacios inalcanzables, casi tanto como ella. Sí, ella era un ser extraño, ¿quién era?, es más, ¿por qué era?, ¿quién la había enviado?, o mejor, ¿había sido enviada o había aparecido por su propia voluntad? Él era un cazador, del pueblo de los Eldar, aunque realmente, se dijo sonriendo para sí, no pertenecía a su pueblo desde hacía tiempo. Era un cazador, solitario y errante, su pensamiento se fundía muchas veces con el bosque que lo rodeaba, con la brisa que le acariciaba el rostro, estaba solo, pero a la vez, se sentía acompañado. Ésa era su gran cualidad. Podía viajar con la mente por todos los remotos rincones del ancho mundo por el que habían sus pies andado, podía comunicarse con todos aquellos que había conocido, con los que había entablado una amistad, pasajera, como todo en su vida, pero amistad. Desde un pegaso, hasta un humano u otro elfo. ¿Qué quién era él? Un cazador solitario y errante. La pregunta era ¿quién era ella?
Un haz de luna, una luna llena y brillante, rojiza y cálida, descendió al bosque, iluminando un grupo de árboles, en el centro corrían arroyos, y entre ellos se alzaba un cementerio. Ya lo conocía, había estado allí antes, y sabía, sí, lo sabía, que ella estaría allí también. El cazador se incorporó, no podía evitar sentir la atracción del claro de luna en medio del bosquecillo, un escalofrío, helado y extraño, recorrió su espalda cuando se puso en camino.
Allí estaba, tal y como la había visto otra veces, ajena a todo lo que lo rodeaba. Escuchaba una música extraña que solo ella podía oír y cantaba algo que solo ella sabía que era. Bailaba entre los muertos, el cementerio que ocultaba los huesos de aquellos que fenecieron. La imagen debiera ser tétrica, si ella no fuera tan hermosa: un pálido reflejo de la luna rojiza de marzo en el claro de un bosque. Su cabello anaranjado, con reflejos dorados, como si hubiera capturado en un segundo el etéreo haz de la luna, se movía al tenso compás de la música que sólo llegaba a sus oídos. Sus ojos claros de agua de mar contenían la música de las esferas, que quizás fuera aquella a cuyo ritmo danzaba. Bailaba entre dos ríos, el Leteo, olvido, parecía susurrar entre el espeso follaje del bosque, y el Aqueronte, lamentos; entre los muertos que descendieron al Hades y ya no viajan bajo el sol. Un rayo de luna había descendido a la tierra para bailar en su bosque y el cazador solo podía contemplarla sin osar acercarse por miedo a que se difuminase en el éter.

Sevilla, 2009

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