La fugacidad de un instante

Posted by : Mashey Shumey (Juan Carlos Loaysa) | jueves, 24 de septiembre de 2009 | Published in

Era un caluroso día de un extraño otoño, el verano parecía haber penetrado como el mar en el continente al formar un golfo. Él caminaba a paso rápido por las brillantes losas de mármol en dirección a la calle, de vuelta al sol y al calor. Su mente se encontraba concentrada en las diversas misiones que debía acometer esa mañana. De pronto, un hormigueo lo recorrió, el sexto sentido de una antigua costumbre había adivinado su silueta perdida en la multitud. Hacía meses que no la veía y sin embargo seguía igual que siempre.
Él experimentó dos sensaciones contrapuestas, ternura, una sonrisa estuvo a punto de aparecer en su rostro y prevención ante esa emoción. Iba a pasar de largo y seguir sumido en su silencio cuando, de repente, se encontró a su lado rozándole ligeramente el brazo con los dedos y ensayando una sonrisa aséptica que poco decía.
Los finos labios de ella se curvaron haciendo chispear, como siempre, sus ojos, y girándose hacia él lo recibió. El caballero y la dama se saludaron ignorando las palabras intercambiadas en un pasado reciente que parecía tan remoto en esos momentos. Una conversación banal acerca de la superficie de sus vidas se desarrolló entre ambos, pero las prisas del uno y las reticencias de la otra desembocaron en una rápida despedida, en un deseo apenas invocado…

Hoy no puedo raptarte…
…ya nos veremos.

Él se alejó con una irónica sonrisa apenas formada en los labios.

Córdoba, 2009

Prisionera

Posted by : Mashey Shumey (Juan Carlos Loaysa) | sábado, 12 de septiembre de 2009 | Published in

Una trabajosa y entrecortada respiración resonaba en la oscura habitación, iluminada levemente por la luz que se deslizaba por debajo de la puerta. Su marfileño cuerpo estaba acurrucado entre las sábanas, regadas por el dolor, mientras que unas amargas lágrimas se derramaban, arrasando las pecosas mejillas y dejando a su paso una extenuante senda de sal, desde los verdes ojos, enrojecidos por el llanto. La habitación desprendía un fuerte olor a cerrado y a tristeza, a melancolía y abandono.

Sus fuerzas habían desertado hacía tiempo de su alma, desfallecida había caído en el olvido. Un olvido plagado de sueños dorados que se rompían con tan solo sacarlos a la luz, al igual que los débiles recuerdos del niño que se creyó Emperador de Fantasía.

Quizá él volvería a visitarla y le asediaría con sus odiosas preguntas. Volvería a caer presa del paralizador hielo que la embargaba cuando sus oscuros ojos, semejantes a ardientes carbones, indagaran en los últimos rincones de su alma. Sus labios, que en otro tiempo fueron hermosos, que aún conservaban algo de la perdida belleza, exhalaron un triste y lastimero suspiro.





El manuscrito original, una cuartilla escrita a lápiz, fue compuesto mientras esperaba a Bardo, el Arquero, sentado en un banco de madera, la noche en que una Luna llena y oscura reinó sobre los mortales.


Córdoba, Otoño del 2009

Su nombre era...

Posted by : Mashey Shumey (Juan Carlos Loaysa) | domingo, 6 de septiembre de 2009 | Published in

Ella había avisado de su llegada, llevaba meses mandando señales pequeñas y oscuras que solo el destinatario y algunos más sabían descifrar. Sin embargo, él no quiso escuchar, decidió que, o no llegaría nunca, o en el momento en el que llegara, lo encontraría preparado.
Iluso, parecía que no la conocía, cuando habían sido compañeros durante tanto tiempo. Compañeros, e incluso amigos, una amistad en la que mutuamente se hacían compañía, en la que él abría el complejo dédalo de su corazón. Hacía meses que no se veían cuando él fue arrojado al extraño laberinto de los dioses del Caos. Extraño, sí, esa era la palabra, ajeno a su modo de ser, de comprender, su vida había estado regida por Cosmos y ahora…
Sin embargo, ella quedó como compañera, hasta que decidió que no la necesitaba y se marchó. Él no notó su ausencia, colmado por los seres caóticos que lo rodeaban, inmerso en la batalla entre el paladín y el cazador.
Ella volvió, como siempre, silenciosa e inoportuna, ocupó su antiguo sitial y él sintió un vacío en el estómago que nada volvió a llenar. Ella había cambiado o quizá fuera él, lo cierto es que ya no era una compañera a la que hacer confidencias, ya no tenía el antiguo empuje, esperaba pasiva a que él se decidiera y, entre tanto, él la miraba con desconfianza.
Su nombre era Soledad.
Córdoba, Otoño del 2009