“Der Erlkönig”

Posted by : Mashey Shumey (Juan Carlos Loaysa) | sábado, 29 de agosto de 2009 | Published in



y aquí está la traducción:

http://elrincondemirthas.blogspot.com/2009/03/der-erljonig.html




Versiones, en inglés y español, de “Der Erlkönig”, de Wolgang von Goethe,

Anagké

Posted by : Mashey Shumey (Juan Carlos Loaysa) | martes, 25 de agosto de 2009 | Published in

“(…) porque los acontecimientos iniciados por la locura humana se encadenan en una secuencia que no puede ser prevista por sagacidad alguna ni rota por ninguna valentía. La fatalidad entra en tus aposentos cuando la casera está de espaldas; vuelves a casa y descubres que ha tomado posesión, usando un nombre humano, vestida en cuerpo, llevando un abrigo de tela marrón y botas altas, repantigada junto a la estufa. Te pregunta “¿Está cerrada la puerta exterior?”, y no comprendes lo bastante como para engancharla del cuello y arrojarla escaleras abajo. No comprendes. Das la bienvenida a este destino enloquecido. “Siéntate”, le dices. Y ya no hay vuelta atrás. No lograrás deshacerte de ella. Se aferrará a ti para siempre. No hay bala o soga que pueda devolverte la libertad de tu vida y la salud de tu pensamiento.”

J. CONRAD: “Under Western Eyes” en J. JIMÉNEZ HEFFERMAN, Introducción a “El Duelo”, 2006, Córdoba, pág. 19.

La Dama de la Guerra

Posted by : Mashey Shumey (Juan Carlos Loaysa) | lunes, 24 de agosto de 2009 | Published in

Su fina figura se recortaba en la penumbra de la fría tarde dublinesa. Caminaba velozmente precediendo al grupo, como el explorador de una avanzadilla. Su cabello castaño caía sobre los hombros enmarcando un risueño, y a la par, melancólico rostro. Sus ojos verdes, expresivos como la vitalidad que bullía en todo su ser, cambiaban de color según los caprichos del cielo de Dublín.
Ella era una Dama de la Guerra, que gustaba de enfrentarse a las batallas por sí misma, sin contar con la ayuda de nadie. Su armadura de acero, fraguado al calor de una vida en guerra, era dura como el diamante, difícilmente penetrable para cualquiera que no se ganara su confianza. Su mirada la protegía, sus ojos, espejos del alma, podían ser afilados como agujas o tiernos y sensibles, según las sensaciones que le llegaban del exterior.
Ella jugaba allí donde iba, a veces se enamoraba de un árbol y lo escalaba rozando suavemente sus hojas, buscaba el riesgo cerca de los acantilados escalando las blancas piedras que asomaban como huesos de la isla de Esmeralda mientras el viento jugaba con su cabello.
Solitaria y taciturna, preocupada por lo que ocurría más allá del mar, de rostro serio que, de pronto, podía iluminarse con una sonrisa de gentil bondad, divertida y peligrosa. Ella era la Dama de la Guerra que paseaba por las nubosas calles de Dublín contemplando cada detalle con el que se encontraba en su deambular.
Dublín, verano del 2009