El Combate

Posted by : Mashey Shumey (Juan Carlos Loaysa) | jueves, 17 de diciembre de 2009 | Published in

– Cuéntenos Mayor, ¿qué pasó?- Preguntó la emperatriz.

– Amanecía. Yo jamás había visto un amanecer tan hermoso, tal vez el último que contemplarían mis ojos. El rocío de la mañana descendía lentamente por las hojas te-miendo perturbar la quietud de la Naturaleza; y el Sol, alto y luminoso alumbraba y calentaba la tierra, y el polvo humedecido formaba una neblina sofocante que daba a ambos ejércitos un aspecto fantasmagórico.
Los ejércitos se encontraban situados unos frente a otros inmóviles, desde antes de que la Luna de medianoche se despidiera alumbrándolos con su melancólico y pálido rostro. No se observaba movimiento alguno bajo la humedad que lo invadía todo, como si quisieran tomarse un respiro antes de la batalla.
A medida que el Sol iba dando calor a las gélidas tropas, éstas iban desarrollando más actividad; comenzando a frotar sus armaduras, secándolas lenta y metódicamente. Ambas fuerzas estaban bastantes igualadas, se disponían unas frente a otras en distintos planos: unas encima del terraplén, en una gran meseta, a una altura de cuarenta soldados por encima de sus enemigos.
Nada distinguía a unos ejércitos de otros hasta que secos por el calor, al impresionante brillo que despedían sus armaduras, se veían los reflejos negros los unos y cúpreos los otros. En sus pétreos rostros se leían la impiedad que mostrarían con sus enemigos y sus fríos ojos mostraban la disciplina con que acabarían con ellos.
Reflejos itinerantes, rojos y negros se destacaban entre los flancos, contrastando con la inmovilidad del resto de sus ejércitos, eran patrullas informadoras del silencio. La Naturaleza intuyendo la catástrofe que se avecinaba callaba al ululante Viento.
De repente, como si se pusieran de acuerdo, dos majestuosos guerreros, avanzaron hacía el frente de sus ejércitos. Pasearon sus miradas por los millares de combatientes allí reunidos. El comandante de negra armadura detuvo su mirada sobre los caballeros más preciados y los que seguramente dirimirían la guerra a su favor; la Guardia Negra de la Emperatriz, el cuerpo de elite del ejército Negro, los guerreros más robustos de todos los tiempos. También detuvo la mirada en su arma secreta, algunos decían que era una aberración, pero allí estaban, los dragones, los guerreros mejor preparados del aire, la cúspide de su raza, sus oscuras corazas relucían como la obsidiana, y sus prístinas alas, rompían la luz en centenares de colores, más puros que la suave lluvia que caía en aquel momento y más suaves que el menor de los tallos que ascendían de la tierra hacía la enormidad del puro cielo. Dando un suspiro de satisfacción se puso delante de mí, al frente de la Guardia y nos colocamos debajo del terraplén, nuestras armas chirriaron al ejercitarlas y relucieron a la luz de ese Sol que pronto se ocultaría tras una nube.
Como si estuviera esperando esta señal, el cobrizo comandante dio la orden de ata-que. El impresionante despliegue de fuerzas no amilanó al Gran Señor negro, que tras el despegue de los dragones, había hecho subir a la infantería y a la caballería ligera al gran terraplén de donde caían sin cesar amigos y enemigos que eran despedazados sin distin-ción por nosotros. Los dragones cumplían su misión, se elevaron por encima del enemigo y lo rodearon. Pillados en la retaguardia, los cobrizos no supieron que hacer y caían uno tras otro entre las potentes zarpas del enemigo.
El General confiado ya en nuestra victoria lanzó a nuestras más ágiles compañías al ataque, subieron al terraplén, desierto, el enemigo había huido. Bajaban por el otro lado a perseguirlos…
Allí estaban, esperándonos, los despedazaron lentamente, deleitándose en ello. No cabían en sí de gozo, pero les llegó el turno de confiarse, nosotros estabamos a su iz-quierda y en su frente, los mejores guerreros del Imperio, nuestras armaduras relucían con el espectacular Sol, bajo el mando del más destacado General, en su retaguardia tenían a los dragones que habían hecho grandes estragos. Los Rojos quedaban en medio, nos lanzamos al ataque, sabíamos que caerían muchos de los nuestros tanto del aire como de la tierra…
Una gran sombra ocultó el Sol, supusimos que era una nube, pero no, era un titánico gigante que nos pisoteaba sin hacer distinciones. Los dragones huyeron despavoridos, el ejército cúpreo no vaciló ni un segundo en salir huyendo, los gigantescos pies aplastaban a unos y a otros, dejando pataleantes heridos desperdigados por el campo. La Guardia Negra fue aniquilada, sólo yo sobreviví; el General cayó enfrentándose al gigante, enarbolando su poderosa arma corrió hacía él, al grito de:
“La Garde meurt, mais ne se rend pas!”

Mas, imperturbable el gigante lo aplastó sin misericordia.

Luego una gran voz:
“¡Niño a comer!”

Y la atronadora voz del gigante:
– ¡Ya voy mamá!

Y se fue dejando un terrible espectáculo de muertos y moribundos.
Yo cogí el cadáver de mi General y me alejé del Campo de Batalla dejando tras de mí un fortísimo olor a ácido fórmico.


Este relato fue escrito hace años, allá por el 2000, fue uno de los primeros que escribí y que aún conservo. Narra una historia, a mi manera, que me contó mi padre, es un combate entre dos ejércitos de hormigas, las rojas y las negras.Una historia corta y sencilla que espero que disfrutéis... No sé si se parecerá a lo que llevo publicando en el blog, que normalmente se encuentra entre los años 2007 y 2009.

La muerte en batalla.

Posted by : Mashey Shumey (Juan Carlos Loaysa) | domingo, 29 de noviembre de 2009 | Published in

Anochecía. Selene nacía tras las cordilleras alpinas que lo separaban de casa. Allá en el horizonte se ocultaba la Ciudad, la vencedora del Caos, la instauradora del Orden, de su orden, de la pax romana del princeps Augusto. Allí se ocultaba la civilización, el pensamiento, lo más excelso del Cosmos, pero, a la vez, la venalidad estaba latente, la codicia ensombrecía cada blanco mármol. Era la Civitas que le había mandado más allá del pensamiento. La Civitas que había transgredido sus fronteras para tomar la madura fruta que se le ofrecía a su enjoyada mano senatorial.


El viento ululaba en el bosque. La pinocha de los abetos se sacudía bajo el tremendo bóreas. La nieve caía dura y sin piedad sobre el campamento, ya perenne, que se alzaba cómo último bastión de la gloria romana en el último limes administrado por la Urbe. El río, oscuro y gélido, corría en silencio sobre la pulidas piedras indiferentes a su orilla


Marcus tenía la oscura mirada perdida en el infinito. El aliento exhalado se convertía en frío vaho. En la oscura cabellera se formaba escarcha húmeda. Una capa azul le caía por los hombros que se movía al compás de sus pasos mientras hacía la rutinaria guardia. Su mente estaba a muchas millas de la lejana posición de la Galia Superior. Las musas lo conducían en su alado carro hasta una región perdida en la memoria de Tempus. Lo conducían allá donde el sol calentaba las verdes vides y los plateados olivares, allá donde el oro se confundía con el verde, allá donde el río se unía al mar en un eterno beso de pasión bajo la mirada del firmamento. Allá donde ella estaba al mando, allá donde ella reinaba sin discusión, allá donde ella...


El sonido de un cuerno rompió la noche. Las trompetas de cobre se aprestaron a la lucha. Los legionarios formaron bajo las Águilas, los centuriones recorrían las filas. La batalla se dirimiría en el cuerpo a cuerpo, no había tiempo para estrategias. Todos sabían que la muerte les esperaba en las heladas pupilas de los bárbaros que nunca habían conocido las riberas del cálido cosmos. Morirían en la frontera entre el cosmos y el caos, allí donde los sueños dejan de serlo para tornarse en pesadillas, sin perder su seductora belleza.


Un lamento quebró las almas, el dolor desgarró los corazones, suaves lágrimas resbalaron por las níveas mejillas desde los verdes ojos arrasados. El sol había perdido el esplendor, el amor se había agostado en la primavera. La muerte a quien nadie respeta se lo había llevado. Su corazón sangraba en la amargura. De los oscuros labios nació un silencioso suspiro de dolor que ascendía por la perlada garganta y que nacía del dolorido pecho.

Huelva, otoño del 2005

Poderoso Caballero es Don Dinero

Posted by : Mashey Shumey (Juan Carlos Loaysa) | jueves, 26 de noviembre de 2009 | Published in

Madre, yo al oro me humillo,
Él es mi amante y mi amado,
Pues de puro enamorado
Anda continuo amarillo.
Que pues doblón o sencillo
Hace todo cuanto quiero,
Poderoso caballero
Es don Dinero.

Nace en las Indias honrado,
Donde el mundo le acompaña;
Viene a morir en España,
Y es en Génova enterrado.
Y pues quien le trae al lado
Es hermoso, aunque sea fiero,
Poderoso caballero
Es don Dinero.

Son sus padres principales,
Y es de nobles descendiente,
Porque en las venas de Oriente
Todas las sangres son Reales.
Y pues es quien hace iguales
Al rico y al pordiosero,
Poderoso caballero
Es don Dinero.

¿A quién no le maravilla
Ver en su gloria, sin tasa,
Que es lo más ruin de su casa
Doña Blanca de Castilla?
Mas pues que su fuerza humilla
Al cobarde y al guerrero,
Poderoso caballero
Es don Dinero.

Es tanta su majestad,
Aunque son sus duelos hartos,
Que aun con estar hecho cuartos
No pierde su calidad.
Pero pues da autoridad
Al gañán y al jornalero,
Poderoso caballero
Es don Dinero.

Más valen en cualquier tierra
(Mirad si es harto sagaz)
Sus escudos en la paz
Que rodelas en la guerra.
Pues al natural destierra
Y hace propio al forastero,
Poderoso caballero
Es don Dinero.

Francisco de Quevedo y Villegas

Alicia

Posted by : Mashey Shumey (Juan Carlos Loaysa) | viernes, 13 de noviembre de 2009 | Published in

Alicia siguió al conejo blanco y a través de la madriguera cayó por el agujero y sus ojos contemplaron un Mundo de Maravillas. Morfeo la llevó de su mano por el extraño País de los animales parlantes, que razonaban sinrazones, y de los serviles naipes.

¡Qué le corten la cabeza!

Un grito en mitad del sueño que atrajo la confusión, los naipes se barajaban entre ellos ajenos a las órdenes de la Reina de Corazones, cuya afilada espada pendía sobre la cabeza de la niña rubia. Entretanto, a orillas de un río, una dríade de ojos de miel, silenciosa y meditativa, estaba sentada sobre una piedra cubierta de moho. Ocultaba su cabeza entre sus brazos y las lágrimas se agostaban en sus párpados mientras acariciaba una pluma de avestruz.

La hora del té se acercaba, el momento en que don Tiempo había dejado a los dos amigos que discutían con un lirón durmiente

Un camino de rayas blancas había emprendido, saltando de una a otra, mientras contemplaba el País de las Maravillas con el asombro de sus siete años.


Sevilla, 2009

La servilleta de papel

Posted by : Mashey Shumey (Juan Carlos Loaysa) | sábado, 31 de octubre de 2009 | Published in

Su mirada se clavó en las letras escritas en un sucio papel, éste había quedado abandonado en la mesa de la cafetería dejado por su autor como frío testimonio de una musa huidiza. Sus ojos profanaron la arrugada servilleta, donde se había grabado en tinta azul una letra picuda, menuda y apretada.
Lo recogió y lo guardó en el bolsillo de la cazadora mientras salía despidiéndose. Fuera el suave sol otoñal revestía la ciudad. Era fin de semana y tenía poco que hacer, así que caminó, estirando sus largas piernas, enfundado en su cazadora y pensando en el papel que llevaba oculto en el bolsillo.
Una vez en el parque se sentó en uno de los bancos que corrían a lo largo del camino y se preparó para la lectura del insignificante fragmento. Lo tomó entre sus dedos y lo contempló un instante deleitándose en el misterio….

“Ella estaba indecisa, ¿qué camino debía escoger? El sendero que hasta ahora había seguido se bifurcaba en dos y no sabía cuál de ellos tomar. La elección se le antojaba importante y debía meditarlo con detenimiento, por ello se sentó a la sombra de un almendro cercano…”

A partir de ahí se alzaba imponente una tachadura que hacía ilegible el resto.

"Que absurdo, sonrió, tanto misterio para una historia inconclusa y sin mucho sentido. Que caprichosas son las musas…"
El parque estaba tranquilo en esas últimas horas de la tarde del sábado, un suave viento se alzaba refrescando la atmósfera, la noche caería pronto y ella le esperaba para cenar.

Sevilla, 2009

Arrugado por la vida

Posted by : Mashey Shumey (Juan Carlos Loaysa) | viernes, 23 de octubre de 2009 | Published in

Una nube de nostalgia vive cerca de aquí....

Desde la brumosa ventana la contemplo con los ojos empañados por el recuerdo.

El corazón arrugado por la vida y las manos gastadas por la alegría.

Sones y melodía, así se viste la vida con cada suspiro que puedo respirar contigo.

Tu suave aliento murmura en mi oído la dulce melodía de las esferas.

Esferas en la noche, estrellas consumiéndose, la vida entera espera, ¿cómo se pueden consumir así los recuerdos?... En una película de silencio perpetuo.

Compuesto por A, M y L

La Estación

Posted by : Mashey Shumey (Juan Carlos Loaysa) | lunes, 19 de octubre de 2009 | Published in

Subió las escaleras a toda prisa con la mochila golpeándole la espalda, atravesó velozmente el amplio vestíbulo y penetró sin aliento en la extraña burbuja de cristal donde se vendían los billetes. Al fondo de esta aparecían las ventanillas, donde hombres y mujeres de rostro anodino atendían a los viajeros y estos se encontraban aguardando de pie a que fueran atendidos. Un equilibrio se establecía así dentro de la burbuja de cristal. Una cola larga y exasperante le esperaba.

El tren había salido ya, era el enésimo que perdía, y de nuevo debía esperar al siguiente. Con calma salió fuera de la estación y se sentó en aquellas escaleras que últimamente habían visto pasar varias horas de su vida: lo habían visto llegar desde otra ciudad, perdido y desorientado, sufriendo los efectos del cambio de ciudad, del cambio de realidad y lo habían visto marcharse. Como ahora, sentado en las escaleras, dejando escapar los minutos perdidos para siempre, al igual que ese tren que había partido sin él….



Extraños son los trenes que atraviesan la vida, su destino es incierto, algunos son atrayentes y sugestivos, otros son arduos y lentos. Unos llegan a la estación en cuestión de minutos, otros se demoran en el paisaje, deteniéndose a contemplar los distintos lugares que atraviesan. Las estaciones, enormes aglomeraciones de personas que van y vienen procedentes de otros cosmos, no pertenecen a la ciudad. Son Mundos distintos, puertas que conectan distintas realidades…



Apareces sentado en las escaleras, leyendo, escuchando música, pensando, escribiendo. Dejas atrás las vivencias de esa ciudad para seguir con la realidad en la otra, no perteneces a ninguna de las dos enteramente y, sin embargo, en las dos tienes parte de la vida.



Los trenes llegan a la estación y pasan, el viajero es quien elige cual coger. Las estaciones son encrucijadas, el Destino, los destinos, se abren ante este en luminosas pantallas asépticas que informan de la hora, la vía, el destino… con letras y números en un verde brillante que llama la atención.



Al fin y al cabo la estación es un lugar de espera, inmovilizado, fuera de las ciudades, por el que pasan los trenes. Todos iguales. Todos diferentes.



“¿Sabrás coger el que ahora pasa por ella?”



“¡Corre! Levántate de la escalera que llegas tarde otra vez.”


Sevilla, 2009

Nuevo Silencio

Posted by : Mashey Shumey (Juan Carlos Loaysa) | jueves, 15 de octubre de 2009 | Published in

Palabra sobre palabra,
se va la sombra al lado de tu miedo,
No quiero olvidar tu última palabra
¿Qué nuevo silencio inventaste para mi?
Antonio Medina, poeta urbano

Xana

Posted by : Mashey Shumey (Juan Carlos Loaysa) | viernes, 2 de octubre de 2009 | Published in


Junto a la fuente de un bosque se oye llorar
a un joven pastor que un día perdió a su único amor
cuando anochece se acerca hasta el lugar
se sienta a esperar por si ella regresa a verle en la oscuridad.

Y ella le ve, se sienta con él
todas las noches hasta el amanecer
le habla al oído, le roza la piel
y cuando se va le pide en silencio que vuelva otra vez.

Junto a la fuente en la que un día juré
que jamás querría tanto a una mujer
rezo en silencio por tenerte otra vez
yo no sé si me ves
solo sé que jamás te olvidaré.

Fue una noche de invierno cuando él se durmió
que ella le habló y en sueño profundo su voz escuchó
sé que mi muerte te ha roto el corazón
pero has de vivir pues viéndote así mi amor, sufro por ti.

Y él comprendió que debía ser
su última noche hasta el amanecer
pues al despertar tenía con él
sus ropas, su anillo y el fino olor de su piel.

Junto a la fuente en la que un dia juré
que jamás querría tanto a una mujer
rezo en silencio por tenerte otra vez.
Yo no sé si me ves
Solo sé que jamás te olvidaré

Junto a la fuente en la que un día jure
que jamás querría tanto a una mujer
rezo en silencio por tenerte otra vez.
Hoy logré comprender
que al final de mi vida, mi amor, te encontraré.

Xana, Avalanch


La fugacidad de un instante

Posted by : Mashey Shumey (Juan Carlos Loaysa) | jueves, 24 de septiembre de 2009 | Published in

Era un caluroso día de un extraño otoño, el verano parecía haber penetrado como el mar en el continente al formar un golfo. Él caminaba a paso rápido por las brillantes losas de mármol en dirección a la calle, de vuelta al sol y al calor. Su mente se encontraba concentrada en las diversas misiones que debía acometer esa mañana. De pronto, un hormigueo lo recorrió, el sexto sentido de una antigua costumbre había adivinado su silueta perdida en la multitud. Hacía meses que no la veía y sin embargo seguía igual que siempre.
Él experimentó dos sensaciones contrapuestas, ternura, una sonrisa estuvo a punto de aparecer en su rostro y prevención ante esa emoción. Iba a pasar de largo y seguir sumido en su silencio cuando, de repente, se encontró a su lado rozándole ligeramente el brazo con los dedos y ensayando una sonrisa aséptica que poco decía.
Los finos labios de ella se curvaron haciendo chispear, como siempre, sus ojos, y girándose hacia él lo recibió. El caballero y la dama se saludaron ignorando las palabras intercambiadas en un pasado reciente que parecía tan remoto en esos momentos. Una conversación banal acerca de la superficie de sus vidas se desarrolló entre ambos, pero las prisas del uno y las reticencias de la otra desembocaron en una rápida despedida, en un deseo apenas invocado…

Hoy no puedo raptarte…
…ya nos veremos.

Él se alejó con una irónica sonrisa apenas formada en los labios.

Córdoba, 2009

Prisionera

Posted by : Mashey Shumey (Juan Carlos Loaysa) | sábado, 12 de septiembre de 2009 | Published in

Una trabajosa y entrecortada respiración resonaba en la oscura habitación, iluminada levemente por la luz que se deslizaba por debajo de la puerta. Su marfileño cuerpo estaba acurrucado entre las sábanas, regadas por el dolor, mientras que unas amargas lágrimas se derramaban, arrasando las pecosas mejillas y dejando a su paso una extenuante senda de sal, desde los verdes ojos, enrojecidos por el llanto. La habitación desprendía un fuerte olor a cerrado y a tristeza, a melancolía y abandono.

Sus fuerzas habían desertado hacía tiempo de su alma, desfallecida había caído en el olvido. Un olvido plagado de sueños dorados que se rompían con tan solo sacarlos a la luz, al igual que los débiles recuerdos del niño que se creyó Emperador de Fantasía.

Quizá él volvería a visitarla y le asediaría con sus odiosas preguntas. Volvería a caer presa del paralizador hielo que la embargaba cuando sus oscuros ojos, semejantes a ardientes carbones, indagaran en los últimos rincones de su alma. Sus labios, que en otro tiempo fueron hermosos, que aún conservaban algo de la perdida belleza, exhalaron un triste y lastimero suspiro.





El manuscrito original, una cuartilla escrita a lápiz, fue compuesto mientras esperaba a Bardo, el Arquero, sentado en un banco de madera, la noche en que una Luna llena y oscura reinó sobre los mortales.


Córdoba, Otoño del 2009