Criptocristiano

Posted by : Mashey Shumey (Juan Carlos Loaysa) | miércoles, 21 de abril de 2010 | Published in

−Poco después de esa guerra nos conocimos y nos casamos −dijo Ania.
−Lo sé −respondió Amílcar− yo estaba allí, aunque no me recuerdes.
Ania asintió, aún quedaba bastante noche, muchos pergaminos estaban esparcidos por la mesa del comerciante y la historia solo había comenzado…
−Vuestro esposo me reveló un secreto que en este Imperio puede llegar a ser un delito de lesa majestad −dijo Amílcar− era cristiano y aquí podéis leer el relato que me hizo esa noche.
Ania tomó el pergamino en sus manos y comenzó a leer…

La Legión VII Gémina se puso en movimiento con las primeras luces del nuevo día. Nos había llegado el desesperado mensaje de la Bética: los mauri eran una imparable invasión. El legado Victorinus puso en pie a los soldados para emprender la larga marcha hacia el Sur. Cruzamos la península a marchas forzadas para, finalmente, entrar en la Bética por el sur de la Lusitania.

Esa noche las estrellas tenían un especial brillo, Victorinus se alejó del campamento. Ya lo había hecho otras veces y yo movido por la curiosidad me decidí a seguirlo. Los altos álamos de pálido tronco eran iluminados por la suave luz plateada. Del oscuro suelo en tinieblas nacían verdes piedras húmedas en afloramientos de esmeralda.

Se adentró por el bosque hasta alcanzar un llano, yo me escondí entre los arbusto cercanos. Victorinus se arrodilló en la oscuridad y extendió los brazos recortados contra el cielo. Con la mirada contemplando el tachonado firmamento elevó la plegaria:

“Dios mío y Señor mío ayúdame en esta hora. Dame tu valor en la batalla. Que tu Santo Hijo me acompañe en la lucha y su Espíritu me fortalezca en la necesidad.”
Yo escuché estas palabras asustado pero a la vez con un inmenso placer. El legado del emperador era cristiano, al igual que yo. Hace falta mucho coraje para ser seguidor de Jesús en esta época como bien sabrás, Amílcar.

Yo por mi parte me retiré, pero un ruido quebró mi huida. Victorinus me descubrió, sin embargo dejó que me fuera. Aunque nunca olvidaré su mirada teñida de desafío.
A partir de esa noche no dejé de preguntarme si en realidad me había visto y, de ser así, porque no me llamaba a su presencia. Entre tanto él cabalgaba al frente de la Legión, su roja capa alzada por el tórrido viento del sur hispano. El plateado casco, con la tupida crin, despedía destellos de sol. Sus oscuros ojos sondeaban el horizonte, estando pendiente de las necesidades de su ejército. Paseando durante las paradas entre los grupos de legionarios animándoles a la batalla, exhortándoles a hacer un buen trabajo, a cuidar cada detalle de la vida cotidiana. En suma, preparándolo todo para el más que posible enfrentamiento.

La noche antes del enfrentamiento con el enemigo, aunque aún no sabíamos que éste estaba tan cerca, Victorinus me llamó a su tienda. Me encaminé allí temeroso.
–Buenas noches, Aelio –me saludó– pasa y toma asiento.
Me ofreció una copa de vino y a continuación dibujó con un palo un pez en la tierra batida:
–¿Sabes que significa esto?
–Es el símbolo de los seguidores de Cristo, los cristianos −apenas podía hablar.
– Muy cierto, ¿conoces algo de ellos? –sus oscuros ojos me miraron bondadosos.
–Sí, fui bautizado en esa religión cuando era pequeño, mi madre es cristiana. Aunque me dirijo poco a Cristo –confesé.
Victorinus se levantó de la silla:
–Pues ya es hora de que empieces. Comienza por pedir al Señor que nos conceda la batalla –con un gesto me retiró la audiencia.
Yo salí de la tienda bastante sorprendido. Desde ese día rogué al Señor que nos ayudase en la batalla como le había oído pedírselo a Victorinus.

Ania levantó los ojos llorosos del pergamino, mientras lo leía le había parecido oír las palabras de su marido hablándole a través de la tinta oxidada. Ella sabía que la educación de su marido, nacido y educado en Barcino, se había visto influenciada por la nueva religión oriental, pero ignoraba que sus creencias fueran tan fuertes.
Amílcar guardó silencio mientras contemplaba el dolor de la mujer de su amigo. Se levantó pesadamente y le puso una manta sobre los hombros.
−Duerme −dijo− mañana te contaré como tu marido fue un héroe.


Barcelona, 2007- Sevilla, 2010

MMDCCXLIII ab Urbe Condita

(0) Comments

Leave a Response