Los habían dejado en las húmedas calles de la ciudad, el coche partió y el frío comenzó a apoderarse de ellos. Eran tres, uno de ellos les ofreció su refugio a los otros dos, que aceptaron agradecidos. Los condujo a un viejo edificio de escaleras chirriantes y tétrica oscuridad. La habitación era acogedora y caótica, al estilo de sus habitantes.
Ellos se sentaron en el sofá bajo la inquisitiva e irónica sonrisa del anfitrión. Sus ojos se reían de lo curiosa que había resultado la vida de los tres. Un pequeño gato negro hizo amena la noche que podía haber sido tensa. Ninguno de los dos desvelaría el secreto que el tercero ya conocía.
De nuevo al resguardo de la oscuridad caminaron por las húmedas calles de la ciudad, sin un rumbo fijo que seguir, allí donde les llevaran sus pasos. Entre risas ambos cantaron canciones que conocían, el temor a la lluvia se hizo presente, sin embargo siguieron inundando de melodías la ciudad.
Las hijas de Zeus que guardan las puertas del Olimpo pasaron rápidamente. Ellos se protegían en los callejones, descubrían la ciudad bajo la luz de las lejanas estrellas, buscando una chocolatería que nunca apareció. Sus pies volaron sobre los empedrados de las solitarias y vacías calles, se detuvieron en extraños soportales, fueron perseguidos por taxis y coches de policías, se tumbaron en las puertas de las iglesias…
Al final volvieron al lugar del que habían partido y un dulce sueño se apoderó de sus párpados, acurrucados el uno contra el otro en una maraña de sábanas y mantas que ahuyentaron el cruel frío que se había introducido en sus huesos.
Ellos se sentaron en el sofá bajo la inquisitiva e irónica sonrisa del anfitrión. Sus ojos se reían de lo curiosa que había resultado la vida de los tres. Un pequeño gato negro hizo amena la noche que podía haber sido tensa. Ninguno de los dos desvelaría el secreto que el tercero ya conocía.
De nuevo al resguardo de la oscuridad caminaron por las húmedas calles de la ciudad, sin un rumbo fijo que seguir, allí donde les llevaran sus pasos. Entre risas ambos cantaron canciones que conocían, el temor a la lluvia se hizo presente, sin embargo siguieron inundando de melodías la ciudad.
Las hijas de Zeus que guardan las puertas del Olimpo pasaron rápidamente. Ellos se protegían en los callejones, descubrían la ciudad bajo la luz de las lejanas estrellas, buscando una chocolatería que nunca apareció. Sus pies volaron sobre los empedrados de las solitarias y vacías calles, se detuvieron en extraños soportales, fueron perseguidos por taxis y coches de policías, se tumbaron en las puertas de las iglesias…
Al final volvieron al lugar del que habían partido y un dulce sueño se apoderó de sus párpados, acurrucados el uno contra el otro en una maraña de sábanas y mantas que ahuyentaron el cruel frío que se había introducido en sus huesos.
Noche del 15 al 16 de Noviembre

