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Una nueva música

Posted by : Juan Carlos Loaysa | domingo, 19 de febrero de 2012 | Published in

Soplaba Poniente, el suave viento del Oeste arrastraba la humedad del ancho río Océano haciendo que el calor fuese desapareciendo de las costas umbrías que se encontraban en el extremo del mundo, más allá de Ogigia, donde habita Calipso, más allá de las columnas que levantó Heracles en testimonio de su paso por aquellas tierras.

En esta tierra habitaba una dulce ninfa de espesa y rizada melena, sus graciosos bucles descendían enredándose y bailando al son del travieso Poniente. Sus ojos de miel, en donde se entreveraban el castaño de los bosques y el verde del mar, estaban llenos de la luz del nuevo día. La ninfa, nacida a orillas de Océano, cantaba al nuevo amanecer que se extendía allá en el lejano Oriente.

“Estas melodías son ya demasiado conocidas” pensó ella “los caramillos y flautas ya no me inspiran como antes. Estoy cansada de esta música, querría igualar al viento que sopla entre los árboles, al suave Poniente que viene del mar”.

No temía salir de sus costas, los dioses le habían dado facilidad para aprender las lenguas que se hablaban en el ancho mundo. Así que, decidida, remontó el poderoso río que desembocaba cerca de sus islas y explorar las maravillas que se ocultaban más allá.

“Mi nuevo instrumento debe ser de madera y cuerda, un suave viento para mecer los sueños de mis árboles”.

De esta manera, con estos pensamientos en su bella mente, Dafne dejó atrás las costas en las que había nacido y caminó en alas del viento de Poniente hacia el norte de aquellas tierras. Contempló la verde campiña bañada por el sol donde crecía la vid de la que el nace el vino, alegría de los dioses y el trigo, alimento de los hombres. Los bosques crecían en todas aquellas tierras, una ardilla podía pasearse por aquellos árboles sin llegar a tocar el suelo, decía la tradición. Y nuestra ninfa, paseó al son de la música de las esferas, que ella podía escuchar, entre aquellos bosques, conversando con los árboles.

Los recios gigantes de madera le contaban sus secretos, murmurando entre sus hojas donde se mezclaban el verde y la plata. Dafne aprendió así el arte del viento y de las cuerdas, mientras la semilla de su pensamiento germinaba en la fértil tierra que era su mente. Susurraba canciones en muchas lenguas y los trinos de los pájaros del bosque la acompañaban.

Un día llegó a un claro del bosque, donde un alto y anciano árbol de una especie desconocida para ella se alzaba en solitario. En su tronco nudoso se habían formado aberturas que semejaban unos ojos y una boca. De pronto sus ojos se iluminaron con una brillante luz esmeralda y una voz profunda dijo:

“Hija del agua salobre has partido de tu tierra en busca de un nuevo instrumento que pueda hacerte comprender los vientos y su musicalidad. Si quieres aprender siéntate y escucha, si no, sal de mis dominios. Pues yo soy el más anciano de los músicos, bajo mi poder están los sonidos y la melodía, el ritmo y la pausa.”

Dafne sorprendida contempló al anciano señor de los árboles, hablaba en un idioma desconocido para ella, pero en su corazón lo entendía. Arrobada se sentó sobre sus talones y de esta manera escuchó y aprendió sobre la madera, las cuerdas, los ritmos… Cuando el anciano árbol acabó de hablar la ninfa sabía que tenía que hacer para lograr su objetivo. Para ello puso sus deseos y su magia al servicio de su voluntad y ocurrió lo que para un observador casual parecería un milagro. Las ramas caídas en el bosque se pulieron y ensamblaron creando un objeto parecido a una miniatura de barco con un largo mástil que surgía en su proa. Esta nave estaba surcada de proa a popa por unos finos hilos de metal brillante, el último de los cuales era de oro, sujetos por unas clavijas en los que se enrollaban. No contenta con este logro, la ninfa ideó un arco de flexible madera, cuya cuerda eran sus bellos cabellos.

En ese momento el tiempo se detuvo y una nueva melodía, que el mundo no había oído jamás, nació en el bosque. El arco tocó los hilos de metal y nacieron notas nuevas que rivalizaron con el viento sobre los árboles y con el sonido que sobre las olas elaboraba el viento de Poniente.

Traductriz en proceso

Posted by : Juan Carlos Loaysa | martes, 12 de octubre de 2010 | Published in

–¡Hola! –dijo Mashey.
Todos los lectores lo miraron con asombro, era la primera vez que se dirigía a ellos directamente, bueno, todo lo directamente que podía. ¿Qué querría? Hacía tiempo que no les dirigía la palabra…
–Prestad atención unos instantes, por favor. Cómo ya sabéis, solo tenéis que mirar los blogs, hace tiempo que no publico nada. No he tenido ni tiempo ni ganas, la verdad.
El lyqash se quedó unos instantes pensativo, sus ojos amarronados se perdieron en el infinito, mientras una mano, actuando por sí sola se atusaba un mechón rebelde de su larga cabellera.
Todo el mundo se quedó en suspenso, esperando las siguientes palabras del autor de los Anales Drogheda.
–No sé si conocéis a Dafne, –alzó la voz el lyqash– es una dríade de la Arcadia, hija del río Peneo. Ahora se ha ido al país de los bávaros, en la Germania Inferior. ¿Queréis conocer sus aventuras? Yo espero que sí…
Un murmullo surgió entre los reunidos, algunos la conocían, otro no…
–Pues si queréis podéis conocer sus aventuras en:


Narra la historia de cómo una Ninfa asaltó Europa… –Mashey se calló y se increpó– shshs, cállate. No quiero desvelaros nada. Corred a verla y dadle un saludo de mi parte.

Hija de la Luna

Posted by : Juan Carlos Loaysa | miércoles, 9 de junio de 2010 | Published in

La Luna imperaba en el firmamento, iluminando las plateadas hojas del bosquecillo donde dormía al amparo de los ancianos árboles. Había bailado toda la noche al son de la música de las esferas, contemplando a su madre y acompañada por Baco y su séquito. El elixir del señor de la fiesta había corrido como un río salvaje y ahora se convertía en una danza sin fin.
Sus ojos, que contenían el estrellado firmamento, habían contemplado las hogueras en torno a las cuales sus gráciles pies, enfundados en sandalias, habían danzado.
Su dulce rostro miraba con curiosidad a los personajes que la rodeaban y sonreía a todos con sus labios de coral que iluminaban la noche como un lucero en medio de la oscuridad.
A su lado estaba el guerrero de larga melena que la acompañaba en la mayoría de sus aventuras y con el que compartía su vida. Ambos iniciaban la danza y ambos la finalizaban. Cuando la madre Luna se retiró ella se recostó en un árbol y el silencio se hizo en el bosque. Ella dormía entre los árboles y en un abrumador instante de ensueño, se formó una sonrisa en sus suaves labios de coral.

Córdoba, 15/IX/2009 – Sevilla, 9/VI/2010

Alicia

Posted by : Juan Carlos Loaysa | viernes, 13 de noviembre de 2009 | Published in

Alicia siguió al conejo blanco y a través de la madriguera cayó por el agujero y sus ojos contemplaron un Mundo de Maravillas. Morfeo la llevó de su mano por el extraño País de los animales parlantes, que razonaban sinrazones, y de los serviles naipes.

¡Qué le corten la cabeza!

Un grito en mitad del sueño que atrajo la confusión, los naipes se barajaban entre ellos ajenos a las órdenes de la Reina de Corazones, cuya afilada espada pendía sobre la cabeza de la niña rubia. Entretanto, a orillas de un río, una dríade de ojos de miel, silenciosa y meditativa, estaba sentada sobre una piedra cubierta de moho. Ocultaba su cabeza entre sus brazos y las lágrimas se agostaban en sus párpados mientras acariciaba una pluma de avestruz.

La hora del té se acercaba, el momento en que don Tiempo había dejado a los dos amigos que discutían con un lirón durmiente

Un camino de rayas blancas había emprendido, saltando de una a otra, mientras contemplaba el País de las Maravillas con el asombro de sus siete años.


Sevilla, 2009

La Dama de la Guerra

Posted by : Juan Carlos Loaysa | lunes, 24 de agosto de 2009 | Published in

Su fina figura se recortaba en la penumbra de la fría tarde dublinesa. Caminaba velozmente precediendo al grupo, como el explorador de una avanzadilla. Su cabello castaño caía sobre los hombros enmarcando un risueño, y a la par, melancólico rostro. Sus ojos verdes, expresivos como la vitalidad que bullía en todo su ser, cambiaban de color según los caprichos del cielo de Dublín.
Ella era una Dama de la Guerra, que gustaba de enfrentarse a las batallas por sí misma, sin contar con la ayuda de nadie. Su armadura de acero, fraguado al calor de una vida en guerra, era dura como el diamante, difícilmente penetrable para cualquiera que no se ganara su confianza. Su mirada la protegía, sus ojos, espejos del alma, podían ser afilados como agujas o tiernos y sensibles, según las sensaciones que le llegaban del exterior.
Ella jugaba allí donde iba, a veces se enamoraba de un árbol y lo escalaba rozando suavemente sus hojas, buscaba el riesgo cerca de los acantilados escalando las blancas piedras que asomaban como huesos de la isla de Esmeralda mientras el viento jugaba con su cabello.
Solitaria y taciturna, preocupada por lo que ocurría más allá del mar, de rostro serio que, de pronto, podía iluminarse con una sonrisa de gentil bondad, divertida y peligrosa. Ella era la Dama de la Guerra que paseaba por las nubosas calles de Dublín contemplando cada detalle con el que se encontraba en su deambular.
Dublín, verano del 2009