Una nueva música
Posted by : Juan Carlos Loaysa | domingo, 19 de febrero de 2012 | Published in Dedicados
Traductriz en proceso
Posted by : Juan Carlos Loaysa | martes, 12 de octubre de 2010 | Published in Dedicados
Hija de la Luna
Posted by : Juan Carlos Loaysa | miércoles, 9 de junio de 2010 | Published in Café de la Luna, Dedicados, Retratos
Alicia
Posted by : Juan Carlos Loaysa | viernes, 13 de noviembre de 2009 | Published in Dedicados
Alicia siguió al conejo blanco y a través de la madriguera cayó por el agujero y sus ojos contemplaron un Mundo de Maravillas. Morfeo la llevó de su mano por el extraño País de los animales parlantes, que razonaban sinrazones, y de los serviles naipes.
¡Qué le corten la cabeza!
Un grito en mitad del sueño que atrajo la confusión, los naipes se barajaban entre ellos ajenos a las órdenes de la Reina de Corazones, cuya afilada espada pendía sobre la cabeza de la niña rubia. Entretanto, a orillas de un río, una dríade de ojos de miel, silenciosa y meditativa, estaba sentada sobre una piedra cubierta de moho. Ocultaba su cabeza entre sus brazos y las lágrimas se agostaban en sus párpados mientras acariciaba una pluma de avestruz.
La hora del té se acercaba, el momento en que don Tiempo había dejado a los dos amigos que discutían con un lirón durmiente
Un camino de rayas blancas había emprendido, saltando de una a otra, mientras contemplaba el País de las Maravillas con el asombro de sus siete años.
La Dama de la Guerra
Posted by : Juan Carlos Loaysa | lunes, 24 de agosto de 2009 | Published in Dedicados, Retratos
Ella era una Dama de la Guerra, que gustaba de enfrentarse a las batallas por sí misma, sin contar con la ayuda de nadie. Su armadura de acero, fraguado al calor de una vida en guerra, era dura como el diamante, difícilmente penetrable para cualquiera que no se ganara su confianza. Su mirada la protegía, sus ojos, espejos del alma, podían ser afilados como agujas o tiernos y sensibles, según las sensaciones que le llegaban del exterior.
Ella jugaba allí donde iba, a veces se enamoraba de un árbol y lo escalaba rozando suavemente sus hojas, buscaba el riesgo cerca de los acantilados escalando las blancas piedras que asomaban como huesos de la isla de Esmeralda mientras el viento jugaba con su cabello.
Solitaria y taciturna, preocupada por lo que ocurría más allá del mar, de rostro serio que, de pronto, podía iluminarse con una sonrisa de gentil bondad, divertida y peligrosa. Ella era la Dama de la Guerra que paseaba por las nubosas calles de Dublín contemplando cada detalle con el que se encontraba en su deambular.

