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Panta Gar Kairó Kalá

Posted by : Juan Carlos Loaysa | viernes, 24 de julio de 2009 | Published in

El momento ha llegado, lo he visto aproximarse poco a poco, hasta que el preciso instante me ha rodeado con toda la dureza, la bella dureza, de una daga en mi cuello. Es la hora, ha llegado el momento, una última fugaz mirada al bosque, a mi bosque, a mi refugio, al que espero volver muy pronto. Ahora me reclaman más allá de sus fronteras, me llaman a gritos para que salga de aquí y me enfrente a lo que algunos llaman realidad, una sucesión de causas y efectos, un intrincado laberinto de acciones y pensamientos, un mundo de saltos al vacío y piruetas intelectuales, en el que el bosque no te socorrerá.
Salgo del bosque, su penumbra, fresca y acogedora, me suplica que vuelva, que su señor no se vaya. Mas hay otros asuntos que atender. Ante mí se abre la selva, una selva de acero y asfalto, de testigos mudos de un mundo inacabado y herido, de masas que deberían ser espíritus encarnados, y que se han reducido a sí mismas a mera animalidad, con destellos de crueldad producto de su atrofiada razón. Atontadas por un pacto social embriagador y extenuante que les impide prensar su propia razón. A veces surge la pregunta, viendo las manadas de niñatos atestando las calles, ¿son conscientes de su propia dignidad?
Camino por los ríos de asfalto, junto a vehículos que huyen despavoridos de Kairós, como si en la velocidad encontraran la seguridad que les falta para afrontar su vida. Repletos de adrenalina, en sus máquinas brillantes que expulsan sonidos inarticulados, como hienas a la luz de la luna.
Las callejuelas del centro, el frescor y la humanidad. Esas calles sí son humanas, pequeñas y laberínticas, caóticas y cósmicas. Un lugar de paz, un edificio que en su origen fue templo de Sofía y hoy está reducido a unos escombros, y en el que habitan, singular amalgama de humanidad y Caos, animales con aspecto de hombres y hombres con aspecto de animales. Un nuevo reto, una búsqueda exhaustiva en el corazón de Sofía, compuesto por papel y tinta. La mirada fija y la mente templada al calor de la disciplina. Un descanso.
La sombra ha salido del bosque, ha vuelto a su vida del mundo que llaman real. Necesita un descanso, sacude la cabeza, su imaginación es demasiado activa. Un amigo, dos, tres, un café en la cafetería, en un patio porticado del siglo XVIII. La absurda masa lo rodea, la sombra humano vive en un oasis con cierto sentido, donde impera el juego de palabras, la ironía y la risa. Donde se puede hablar de lo más excelso y complejo, donde se puede discutir de la política económica del principado de Augusto, y donde se puede descender a una nueva serie de anime sin grandes cataclismos mentales.
Vuelta al corazón de Sofía, trabajo, pero distraído. La masa no respeta la sacralidad de Sofía, en el fondo los animales hombres no respetan nada, ni siquiera a sí mismos.
El bosque….
Te llama, es una fuerte tentación, pero no puedes huir. Has de enfrentarte a tus responsabilidades, a tu trabajo, a tus amigos, a los que hay que cuidar… A pesar de que las risitas tontas te saquen de quicio. Te sumerges en el libro, un nuevo bosque….
Todo en su momento es bello…

Sevilla, 2009

La Sombra

Posted by : Juan Carlos Loaysa | lunes, 20 de julio de 2009 | Published in

Se deslizaba oculta entre el follaje, lejos de los charcos de luz que el sol lograba crear a través de los altos árboles que formaban el bosque, caminaba por las hondonadas deleitándose en la fresca oscuridad en la que había nacido. Le gustaba la tranquilidad del bosque, rota por sus habitantes, por aquellos que habían venido de fuera, por el Elfo desterrado, por la Elfa arquera, por la danzarina haz de luna, por aquel que aún no había descubierto.
Conocía la presencia del desconocido, la intuía, pero aún no lo había sorprendido. Parecía una sombra, ¿un igual?, como era posible en su bosque. El bosque, había nacido allí, y lo había recorrido durante eternidades que ya no recordaba, conocía todos sus laberínticos caminos. Había contemplado a las dríades danzar a la luz de la luna, cambiantes y desarrollándose como su protector halo sobre los árboles, a los animales desde los diurnos hasta sus compañeros de viaje, los nocturnos, el zorro, el lince, la lechuza…
Esa presencia, ¿quién era?, ¿qué motivos le habían impulsado a refugiarse allí? El bosque era un refugio, pero era su refugio. ¿Cómo había osado invadirlo? Los demás se ocupaban de sus asuntos, pero el desconocido parecía deambular por sus dominios. Había descubierto su campamento en mitad de la tormenta, una cabaña mal construida en medio de la conflagración natural, que apenas sí lo protegía.
La luna había aparecido en lo alto y ella bajaría a danzar entre los muertos, y el Elfo la estaría contemplando, la arquera estaría practicando con su diana en algún lugar del bosque. Pero ¿y él?, ¿dónde estaría? Aquel que apareció cuando Cosmos fue devorado por Caos para volver a renacer más fuerte, ¿por dónde vagaría? La sombra se detuvo bajo los árboles, allí se ocultaba….

Córdoba, 2009

Rima XXIII: El Oasis de Kairós

Posted by : Juan Carlos Loaysa | miércoles, 8 de julio de 2009 | Published in

Los oscuros ojos del desterrado contemplaron el firmamento, aún no había oscurecido. Era ese extraño momento de la primavera en la que el empíreo aún conserva la candidez y, en el que, sin embargo, ella ya ha comenzado a reinar sobre los mortales. Una luna llena sobre el horizonte, pálida, dejando un rastro sanguinolento allí donde se había precipitado el herido de muerte.

Por una mirada, un mundo…

La música de las esferas volvió a cobrar vida solo para ella. La sigilosa noche había reclamado sus predios y el mundo se sumergía en ella. La oscuridad, la bella y tierna oscuridad, daba nueva vida a la realidad. Una nueva noche, un nuevo juego… Agitó con gracia la melena, a la que la luna había dotado de un brillo dorado y rojizo. Sus iris verdiazulados, en realidad grises, con tonos azules y reflejos verdes, contemplaron la espesura. Su cuerpo inició la danza, los planetas, las esferas estelares y el mundo tocaban para su mirada.

Por una sonrisa un cielo…

El cazador, oculto en la espesura, contuvo el aliento. Allí se encontraba de nuevo, en el lugar de las ánimas sin descanso. Hija de la Luna, la había bautizado, la Dama Oscura también le llamaba en su fuero interno, en un vano intento de hacerla suya. Contuvo el aliento mientras que una ráfaga de viento surgida no se sabía de dónde agitaba su oscuro y largo cabello, allí estaba. Una frágil y contenida sonrisa había descendido del firmamento…

por un beso... ¡yo no sé

que te diera por un beso!

Un pensamiento compartido, una locura que ambos conocían. Dos seres de dos mundos diferentes contemplándose en un oasis de Kairós.


Sevilla, 2009

Juegos a la luz de la Luna

Posted by : Juan Carlos Loaysa | lunes, 6 de julio de 2009 | Published in

Ella sintió su mirada, como la había sentido todas las noches que descendía a bailar al claro. Arrebatada por la música danzaba al compás de las almas de las tumbas, y sin embargo era consciente de su presencia. Su dulce rostro esbozó una dulce y cruel sonrisa, curiosa y tímida. Su cuerpo siguió bailando, mientras que otros sentidos estaban pendientes de los movimientos del cazador. Él era un ser lejano, era consciente de ello, pero se había encaprichado, y ahora sabía que el sentimiento era mutuo. La dulce sonrisa volvió a aparecer bajo sus ojos de aguamarina, cuyo arte eran contemplar sin mirar. Danzaba y danzaba, la música reverberaba en sus oídos, la oscuridad del bosque la envolvía. La sombra se había marchado. Su único espectador era él. Y danzaba para ella misma, aunque era consciente de la presencia del otro entre los árboles. Sus iris de aguamarina se deslizaron entre los árboles para captar la mirada penetrante y oscura del cazador… Un instante fugaz, que él interpretó como rubor, y la danza continuó. ¿Jugamos? Se preguntó ella, aunque el juego podía ser muy cruel.
Sevilla, 2009

El Haz de Luna

Posted by : Juan Carlos Loaysa | viernes, 3 de julio de 2009 | Published in

Contemplaba el firmamento cuajado de topacios, unos topacios inalcanzables, casi tanto como ella. Sí, ella era un ser extraño, ¿quién era?, es más, ¿por qué era?, ¿quién la había enviado?, o mejor, ¿había sido enviada o había aparecido por su propia voluntad? Él era un cazador, del pueblo de los Eldar, aunque realmente, se dijo sonriendo para sí, no pertenecía a su pueblo desde hacía tiempo. Era un cazador, solitario y errante, su pensamiento se fundía muchas veces con el bosque que lo rodeaba, con la brisa que le acariciaba el rostro, estaba solo, pero a la vez, se sentía acompañado. Ésa era su gran cualidad. Podía viajar con la mente por todos los remotos rincones del ancho mundo por el que habían sus pies andado, podía comunicarse con todos aquellos que había conocido, con los que había entablado una amistad, pasajera, como todo en su vida, pero amistad. Desde un pegaso, hasta un humano u otro elfo. ¿Qué quién era él? Un cazador solitario y errante. La pregunta era ¿quién era ella?
Un haz de luna, una luna llena y brillante, rojiza y cálida, descendió al bosque, iluminando un grupo de árboles, en el centro corrían arroyos, y entre ellos se alzaba un cementerio. Ya lo conocía, había estado allí antes, y sabía, sí, lo sabía, que ella estaría allí también. El cazador se incorporó, no podía evitar sentir la atracción del claro de luna en medio del bosquecillo, un escalofrío, helado y extraño, recorrió su espalda cuando se puso en camino.
Allí estaba, tal y como la había visto otra veces, ajena a todo lo que lo rodeaba. Escuchaba una música extraña que solo ella podía oír y cantaba algo que solo ella sabía que era. Bailaba entre los muertos, el cementerio que ocultaba los huesos de aquellos que fenecieron. La imagen debiera ser tétrica, si ella no fuera tan hermosa: un pálido reflejo de la luna rojiza de marzo en el claro de un bosque. Su cabello anaranjado, con reflejos dorados, como si hubiera capturado en un segundo el etéreo haz de la luna, se movía al tenso compás de la música que sólo llegaba a sus oídos. Sus ojos claros de agua de mar contenían la música de las esferas, que quizás fuera aquella a cuyo ritmo danzaba. Bailaba entre dos ríos, el Leteo, olvido, parecía susurrar entre el espeso follaje del bosque, y el Aqueronte, lamentos; entre los muertos que descendieron al Hades y ya no viajan bajo el sol. Un rayo de luna había descendido a la tierra para bailar en su bosque y el cazador solo podía contemplarla sin osar acercarse por miedo a que se difuminase en el éter.

Sevilla, 2009

El blanco errado

Posted by : Juan Carlos Loaysa | viernes, 29 de mayo de 2009 | Published in

La luna se elevaba en el horizonte, despejando con su luz las nubes que amenazaban tormenta. Una sombra se recortaba en el claro rodeado de altos árboles y grandes piedras. El firmamento sobre el claro estaba oscuro, las estrellas aún no habían salido. La oscuridad lo inundaba todo.
La sombra se movió furtiva entre los árboles, se acercó a una de las piedras que empezaba a blanquear bajo la titilante luz de las nacientes estrellas. Se detuvo, a lo lejos se oía un zumbido: el de la flecha volando; se dirigió en pos del sonido que le había llamado la atención. Atravesó el impenetrable bosque de hayas, de plateado tronco y verdeantes hojas, pasó entre los constantes matojos de arbustos aromáticos. El sonido de la flecha se acercaba.
En ese momento la naciente luna iluminó la escena. Los ojos de la sombra captaron en un segundo de arrobo la imagen prístina de lo inefable. El oscuro cabello caía en delicadas greñas por la espalda. El flexible cuerpo estaba tenso mientras apuntaba con el arco hacia el neblinoso blanco. El rostro, un tanto ladeado, estaba iluminado por la luna. Los verdes ojos relampagueaban mirando la flecha, desviada de su objetivo. Sus oscuros labios hacían un gracioso mohín de disgusto reflejado en el bello rostro, a punto de llorar, a causa del errado tiro.

Barcelona, 2007

La flecha

Posted by : Juan Carlos Loaysa | lunes, 25 de mayo de 2009 | Published in

Un rayo de luz escapó del sol poniente iluminando las rojizas nubes y las suaves montañas tras las que se hundía el astro. El bosque estaba silencioso, los animales se habían ocultado en sus moradas buscando reposo y aún no habían salido los habitantes de la noche.
En un claro se oía un sonoro zumbido. Una flecha cortó el aire y se clavó en una diana donde ya se alojaban unas pocas más. La mano, blanca y flexible, escogió otra del carcaj y cargó el arco. Tensó la cuerda hasta llevarla a la redondeada boca, donde destacaban unos blancos dientes. Las plumas de la flecha rozaron suavemente las pálidas mejillas y las puntiagudas orejas. La mirada de penetrante esmeralda captó el objetivo y soltó la flecha. Unos pájaros fueron sacados de su sopor y huyeron en el aire. La práctica de tiro continuó toda la noche.


Barcelona, 2007

Caos y Cosmos

Posted by : Juan Carlos Loaysa | sábado, 23 de mayo de 2009 | Published in

Una gota de lluvia se estrelló contra el suelo. Un estremecimiento recorrió todo el bosque, los pájaros fueron apagando sus murmullos y una estampida de plumas y aleteos centelleó en la penumbra. Las mullidas patas de los zorros corrían a su madriguera entre la parda hojarasca del bosque.
Las nubes se arremolinaban en el cielo empujadas con violencia por el Bóreas que oscurecía el límpido firmamento. Los cirros se enganchaban en las copas de los árboles, frenando su lento avance, chocando unos con otros y despertando la violenta precipitación de las aguas celestes.
La fogata del campamento empezó a humear cuando las primeras gotas comenzaron a caer del techo del mundo. El suelo se empapó, enfangado muy pronto por las irisadas gotas, y el calor comenzó a ascender de la profundidad terrestre. La cabaña: un refugio en la tempestad.
El caos se desató atronador, un reflejo dorado, el recuerdo de un sol de primavera, una oscura sima llena de tesoros irrisorios que prometían un espejismo de felicidad. Un hombre atormentado que buscaba refugio, huyendo de su pasado, temiendo enfrentarlo. Sabiéndose perseguido, exhausto de la continua batalla contra adversarios imaginarios. Un hombre, prisionero de sus pesadillas, en una eterna huida que buscaba refugio y mendigaba un lecho. Un grito resonó en el vacío, que fue descendiendo hasta transformarse en un murmullo, una llamada perentoria teñida de temor, un suspiro….

Barcelona, 2007