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Hija de la Luna

Posted by : Juan Carlos Loaysa | miércoles, 9 de junio de 2010 | Published in

La Luna imperaba en el firmamento, iluminando las plateadas hojas del bosquecillo donde dormía al amparo de los ancianos árboles. Había bailado toda la noche al son de la música de las esferas, contemplando a su madre y acompañada por Baco y su séquito. El elixir del señor de la fiesta había corrido como un río salvaje y ahora se convertía en una danza sin fin.
Sus ojos, que contenían el estrellado firmamento, habían contemplado las hogueras en torno a las cuales sus gráciles pies, enfundados en sandalias, habían danzado.
Su dulce rostro miraba con curiosidad a los personajes que la rodeaban y sonreía a todos con sus labios de coral que iluminaban la noche como un lucero en medio de la oscuridad.
A su lado estaba el guerrero de larga melena que la acompañaba en la mayoría de sus aventuras y con el que compartía su vida. Ambos iniciaban la danza y ambos la finalizaban. Cuando la madre Luna se retiró ella se recostó en un árbol y el silencio se hizo en el bosque. Ella dormía entre los árboles y en un abrumador instante de ensueño, se formó una sonrisa en sus suaves labios de coral.

Córdoba, 15/IX/2009 – Sevilla, 9/VI/2010

La Dama de la Guerra

Posted by : Juan Carlos Loaysa | lunes, 24 de agosto de 2009 | Published in

Su fina figura se recortaba en la penumbra de la fría tarde dublinesa. Caminaba velozmente precediendo al grupo, como el explorador de una avanzadilla. Su cabello castaño caía sobre los hombros enmarcando un risueño, y a la par, melancólico rostro. Sus ojos verdes, expresivos como la vitalidad que bullía en todo su ser, cambiaban de color según los caprichos del cielo de Dublín.
Ella era una Dama de la Guerra, que gustaba de enfrentarse a las batallas por sí misma, sin contar con la ayuda de nadie. Su armadura de acero, fraguado al calor de una vida en guerra, era dura como el diamante, difícilmente penetrable para cualquiera que no se ganara su confianza. Su mirada la protegía, sus ojos, espejos del alma, podían ser afilados como agujas o tiernos y sensibles, según las sensaciones que le llegaban del exterior.
Ella jugaba allí donde iba, a veces se enamoraba de un árbol y lo escalaba rozando suavemente sus hojas, buscaba el riesgo cerca de los acantilados escalando las blancas piedras que asomaban como huesos de la isla de Esmeralda mientras el viento jugaba con su cabello.
Solitaria y taciturna, preocupada por lo que ocurría más allá del mar, de rostro serio que, de pronto, podía iluminarse con una sonrisa de gentil bondad, divertida y peligrosa. Ella era la Dama de la Guerra que paseaba por las nubosas calles de Dublín contemplando cada detalle con el que se encontraba en su deambular.
Dublín, verano del 2009