Alicia siguió al conejo blanco y a través de la madriguera cayó por el agujero y sus ojos contemplaron un Mundo de Maravillas. Morfeo la llevó de su mano por el extraño País de los animales parlantes, que razonaban sinrazones, y de los serviles naipes.
¡Qué le corten la cabeza!
Un grito en mitad del sueño que atrajo la confusión, los naipes se barajaban entre ellos ajenos a las órdenes de la Reina de Corazones, cuya afilada espada pendía sobre la cabeza de la niña rubia. Entretanto, a orillas de un río, una dríade de ojos de miel, silenciosa y meditativa, estaba sentada sobre una piedra cubierta de moho. Ocultaba su cabeza entre sus brazos y las lágrimas se agostaban en sus párpados mientras acariciaba una pluma de avestruz.
La hora del té se acercaba, el momento en que don Tiempo había dejado a los dos amigos que discutían con un lirón durmiente
Un camino de rayas blancas había emprendido, saltando de una a otra, mientras contemplaba el País de las Maravillas con el asombro de sus siete años.

